Insaciables.
Esa podría ser la palabra que defina al género masculino. Amén de vanidad claro.
Una siempre se pregunta si realmente el hombre es feliz a su lado. Lo ves en las noticias, lo lees el periódico, y cada poco te llegan al oido historias truculentas sobre familias rotas: él, aparente marido feliz, con una maravillosa familia de chalecito y jardín, era un insatisfecho que "jugaba" a probar cosas nuevas.
La sociedad nos bombardea con todos aquellos requisitos que tenemos que cumplir: ser guapas o intentar parecerlo, cuidarnos hasta rayar lo obsesivo, vestir a la última malgastando nuestra mensualidad, competir entre nosotras y sacarnos los ojos, ser imaginativas en todos los sentidos y buscar la manera de "agarrarlo" para que no se vaya.
¡¡Pamplinas!! decía el padre de Brick.
En el caso de que se acepte seguir ese rol, y malgastar tu vida en convertirte en la mujer perfecta, con riesgo a quedar en números rojos, de qué te servirá si ellos nunca se cansan de buscar.
Cuando buceas un poco por el lado salvaje de la vida, descubres que algunos hombres nunca dejan de experimentar. Las sirenas de la Casa de Campo no viven de flores de invernadero, sino de perfectos caballeros en busca de experiencias nuevas, que dejan a sus "siempre intentando ser la mejor" esposas en casa, para ir a dar un paseo en coche. Llegados a este punto es absurdo preguntarse el por qué, ya no sólo porque resulta inconcebible tal forma de actuar, sino porque la que lo intenta descubrir es mujer, y está claro que ellos y nosotras no pensamos igual. Al menos a mi me resulta muy raro imaginarme a la madre dejando la familia en casa para ver que se cuece o enriquece por el campo.
Aun más sorprendente es la capacidad del hombre para "racionalizar" dichos actos, si es que se para alguna vez a hacerlo. ¿Qué se puede decir a si mismo para dormirse tranquilamente al lado de su pareja, después de pasar una hora con una mujer con sorpresa? ¿O para irse al gimnasio con sus amigos de toda la vida y reirles las gracias sobre Bibiana? ¿Qué pensará de si mismo al mirarse en el espejo?
Quizas este sea el caso más extremo de la insatisfacción natural del macho, pero no el único: hombres con pareja estable y que sin embargo siguén chateando por la red e intercambiando fotos, aquellos que una noche a la semana la tienen reservada para los clubs, o los que viven una doble vida sexual, hetero para la galería, homo para sí mismo.
¿Y entonces qué? ¿qué nos queda a nosotras? Sin duda la sensación de haber malgastado tu tiempo, el regusto de la mentira, la deslealtad y el total desconocimiento de aquel que comparte tu cama, el deseo de que todo sea un mal sueño, y no el descubrimiento de la mayor farsa de tu vida.